29 marzo 2007

Por qué leer el Ulises de Joyce


Muchos fracasan antes del intento. Un mito dentro de la literatura, terminó siendo un libro aterrador, enorme en su tamaño y su ambición. Sin embargo brillante. Libro que, apenas publicado se convirtió en un clásico, y James Joyce, por su parte, elevado a la categoría de genio. Y no deja de ser una paradoja que se demorara 24 años en escribir un día (16 de junio de 1904) Y que, muchos reconocen no haber leído entero, entre ellos Jorge Luís Borges, eximio ratón de biblioteca.

Y es que las dificultades del Ulises son enormes. Aunque sobran manuales, análisis y recomendaciones antes de emprender la lectura, sigue siendo un enorme reto a la inteligencia, pero por sobre todo a la paciencia. Pocos lo terminan, menos son los que creen comprenderlo. Porque a veces, el Ulises y sus personajes no dejan de parecer una enciclopedia. Acaso una terrible variación de “Funes el memorioso”.

Pero es un ju(e)go. Eso, y un balbuceo interminable. Casi como la obsesión de George Pèrec, quien quiso contar la historia del mundo en “La vida instrucciones de uso”. De técnica, ni hablar. Según T. S. Elliot: “¿quién se atreve a escribir después del monólogo de Molly Bloom?” Es que es el juego más brillante desde la estructura de caja china que contiene el Quijote. El Ulises, es una literatura en sí mismo sólo comparable con Shakespeare, Pound o Cervantes. Además de una parodia brillante y laberíntica que lleva al naturalismo al extremo (y en esto me recuerda ese cuento de Borges titulado “EL rigor de la ciencia”) donde el detalle minucioso y las des-cripciones de la conciencia de sus protagonistas terminan siendo una desescritura del discurso narrativo.

Ya van tres. Es un libro polifónico, tal vez el tipo de libro al que aspiraba Roberto Bolaño, pero desde el otro espectro de la narrativa, esa heredera de Bioy Casares donde la novela es pura trama. Pero, si el Ulises es una biblioteca que contiene todas las novelas posibles, 2666 no deja de ser un fracaso notable. Y es que la historia de Leopold Bloom nos remite ineludiblemente al alter ego del chileno-mexicano-español. Ese judio-húngaro que es Bloom y que vive en una Irlanda católica, extranjero desde (y para) siempre y que, de alguna forma necesita una reafirmación de su condición y sus raíces, si es que Leopold es judío de por sí o por la constante afirmación de su entorno. Y ya no sé si estoy hablando de Arturo Belano, o no.
Para Virgina Wolf, es "una catástrofe memorable: inmensa en su osadía, extraordinaria en su desastre". Sin embargo, reconoció que Joyce lo hizo mejor que ella. Leopold Bloom, agente de publicidad, casado con una cantante liviana de anca, ambos adúlteros y agobiados por los problemas sexuales (o de una sexualidad inexistente en el matrimonio) producto de los traumas provocados tras la muerte de su hijo, que murió hace 10 años, a los 11 días de vida. Es la visión de una Ítaca que es un completo desastre, y donde su mujer termina siendo un símbolo de ese “lecho de la concepción y el nacimiento, de la consumación y de la ruptura del matrimonio, del sueño y de la muerte”. Acaso la desmitificación del paradigma de la familia victoriana. O el anuncio de la familia disfuncional de la segunda mitad del siglo XX. Una persona para quien el matrimonio es un ultraje.
Leopold Bloom, el anti-héroe que regresa a su propio infierno. Claro que, las implicancias de una novela de 800 páginas que pretende llenarse con las cavilaciones sobre la condición humana, en una serie de monólogos que, por cierto, no son productos de un simplón (pues una novela de este tipo requiere de una especie de intelectual con ciertas sensibilidades o, en el peor de los casos, de un snob. Porque claro, esa discusión en la biblioteca sobre las obras de Shakespeare no sería posible si los personajes hubieran sido hombres cualquiera) Pero si un cualquiera por cuanto está sometido a la condición humana. En esto, Bloom es un náufrago que zarpó de ningún puerto. Sueña con una Ítaca, pero esa Ítaca es una Irlanda que dejó de existir hace años. Es el naufragio de un yo condicionado a las circunstancias; peor, es una conciencia supeditada a las casualidades. Humor negro, si se quiere.

Joyce nos escatimó recursos. Abundan las citas, técnicas, la parodia a la narración periodística, lenguajes, callejero o culto. No por nada Henry Miller dijo que algunas de sus páginas debían leerse en el baño. Es una novela infinita, el mismo Joyce afirmó haberla llenado de tal cantidad de puzzles “que va a mantener entretenido a los catedráticos durante siglos”, “es la única forma de asegurarme la inmortalidad”, agregó. Sobran los elogios, y por mucho tiempo también los detractores. Y, a pesar de ciertas dificultades deja leerse con facilidad, sobre todo con placer. Cosa de prestar atención. “Cada palabra es tan honda, Leopold”, dice alguien en el Ulises. Tremendo símbolo de época. Como si fuese la literatura en sí mismo.




1 comentarios:

richibloom dijo...

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